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martes, 10 de noviembre de 2015

El Caso Mamera


caso mamera




"Los maté con mis propias manos por defender mi honor"

Los asesinatos cometidos por Ledezma son sin duda alguna uno de los casos policiales más famosos © Cortesía

Argenis Rafael Ledezma empezó a desear a Rosa Elena Pinto, Chena, cuando ella tenía  apenas 11 años y él 26. La corta edad de la niña-mujer no parecía ser ningún inconveniente para las bajas pasiones del funcionario de la Policía Metropolitana, solo había un pequeño problema que en poco tiempo fue superado: la madre de Chena era amante del policía.  
Así empezó la historia de amor, celos, traición, brujería y muerte que desembocó en uno de los crímenes más sonados de la historia negra venezolana: el caso del  Monstruo de Mamera.
Ledezma cobró fama por haber asesinado a tres jóvenes menores de 18 años, haber ocultado sus cuerpos y negar el hecho durante más de 13 meses, a pesar de que todos los indicios apuntaban hacia él.
Este año se cumplieron 35 años del célebre caso que conmocionó a la opinión pública; ameritó la intervención del por entonces presidente de la República, Luis Herrera Campins y fue llevado al cine con Macu la mujer del policía, una de las películas más taquilleras de nuestra historia.
Infancia robada 
Argenis Rafael Ledezma empezó a perseguir a Chena cuando ella tenía 11 añitos, a los 13 ya estaban casados y a los pocos meses les nació una niña, y al pasar dos años vino el varoncito.  
Chena era una morena delgada, agraciada, de largo cabello azabache que a los 15 años ya era madre de dos niños en un hogar marcado por la violencia y las infidelidades del marido, famoso en Mamera y en los alrededores como pendenciero y mujeriego, pues tenía un hijo de un año con otra mujer de Caricuao, así como incontables conquistas.
La niña-mujer que fue forzada a brincarse la adolescencia y todo lo que esta representa, empezó a frecuentar a un grupo de jóvenes alegres      -amantes de las rumbas y el ron- entre los que se encontraban Martín Mijares (14), Efraín  Irausquín (17) y Douglas Nieves (16) quienes se convertirían luego en los blancos mortales de los celos de su esposo.
Parrandas y palizas 
A lo largo de 1979 los muchachos empezaron a llevar de rumba a Chena, por ese entonces de 17 años y a su hermana Moraima, lo que le granjeó no pocas palizas de su violento esposo, al punto que ella decidió dejarlo, pero el daño ya estaba hecho, la sentencia de muerte pendía sobre los jóvenes, solo era cuestión de tiempo.
Una crónica de José Roberto Duque, publicada por El Nacional en 1997, recoge el testimonio de un amigo de los muchachos que arroja luces sobre la relación de Chena con Martín: “Era una flaca linda con un colorcito moreno sabrosón. El Martín, que nunca había tenido novia se empepó rapidito, y cómo no se iba a empepar con ese mujerón. Por eso mismo creo que se le pasó la mano.
No tuvo cuidado en esconder bien la cosa, andaba por allí con su novia sin importarle que estuviera casada con un policía. Era como si no entendiera el tamaño del riesgo, él estaba pendiente de su caramelo y punto.”
Crimen de honor
Natural de Ciudad Bolívar, Argenis Rafael Ledezma fue soldado entre 1967 y 1969 y estaba adscrito a operaciones antiguerrilleras. Al salir del Ejército ingresó al instituto de formación de la Policía Metropolitana, convirtiéndose en uno de los pioneros de la institución, llegando a destacarse al ganar en un par de ocasiones la distinción de “policía del mes”.
Mujeriego, parrandero y amante del guaguancó, se veía a sí mismo como el típico macho latino: “Tú sabes, como todo macho latinoamericano a uno le gusta cogerle la mujer a todo el mundo, el problema es cuando le cogen la de uno”, le confesaría a Duque años después de los hechos.
Chena trataba de recuperar el tiempo perdido y estaba estudiando primer grado en la escuela Cuatricentenario, hasta  donde la fueron a buscar ese fatídico 11 de enero sus amigos Efraín y Douglas, para invitarla a bailar esa noche.
Tomaron el autobús hasta Mamera para que Chena buscara a su hermana Moraima, novia de Douglas. Ella entró y los muchachos se quedaron esperándola afuera. Fue la última vez que los vieron con vida.
Al salir con Moraima, Chena los buscó por todas partes y se dio por vencida hasta el día siguiente, cuando ya alarmados por la desaparición de Efraín y Douglas empezaron a hacer diligencias para dar con su paradero: los buscaron en la Prefectura de Antímano e incluso fueron a dar hasta Conejo Blanco con la esperanza infructuosa de que los hubiese agarrado la recluta.
Pasaban las horas y los días y no se sabía nada de los muchachos, Chena incluso se mudó a casa de la familia de Douglas para ayudar en la búsqueda y hasta allá fue a dar Argenis, quien fingiendo preocupación les pidió una foto para “poner a toda la policía a investigar.”
En el colmo del cinismo les ofreció ayudarlos a contactar a una espiritista para dar con el paradero de los jóvenes que él había asesinado con sus manos.
El último día de Martín
Martín también buscó a sus panas con preocupación, pero siguió su vida normal hasta el jueves 17 de enero cuando fue por última vez a sus clases en la Escuela Técnica Industrial de Caricuao. Estuvo en clases, fue a la biblioteca y al mediodía salió a almorzar y nunca regresó, pues fue secuestrado por Ledezma. 
Crecía la angustia entre los familiares de los jóvenes quienes en febrero denunciaron a Ledezma ante la Policía Técnica Judicial, argumentando que era él único que tenía razón para hacerles algo a sus hijos: los celos.
El caso tuvo una enorme cobertura mediática y poco a poco no solo los familiares de Martín, Efraín y Douglas sospechaban del distinguido Ledezma, sino que medio país lo hacía y en julio de ese año se pidió una investigación en contra del funcionario policial.
Ledezma no abandonaba su versión: “No, no maté a esos jóvenes, no sé dónde están” y pidió que le aplicaran la prueba del suero de la verdad, el pentotal sódico, la cual pasó sin problemas ante le estupor de los investigadores.
Pocos meses después, ante la impotencia -o incompetencia, si lo prefiere usted- de los cuerpos policiales el padre de Efraín murió de un infarto sin ver que se hiciera justicia.
Varias veces Ledezma salió airoso de los interrogatorios policiales, se decía que se mostraba confiado y hasta retador porque confiaba en un amuleto especial: “un cinturón ensalmado” que nunca se quitaba. 
A pesar de las acusaciones seguía activo en la PM, pues sus jefes se limitaban a decir “ni lo acusamos, ni lo protegemos.”
Intervención presidencial
Cansada de la incapacidad policial, al cumplirse un año de la desaparición de los muchachos la madre de Martín pidió una audiencia con el entonces presidente de la República, Luis Herrera Campins, quien la escuchó por un rato y luego hizo un par de llamadas telefónicas, en la segunda de las cuales ordenó la destitución de Ledezma de la PM.
A los pocos días Ledezma confesó los crímenes y dónde estaban los cadáveres, hay una leyenda negra que afirma que los interrogadores lo despojaron del cinturón ensalmado y eso hizo que se derrumbase.
En una entrevista con reporteros del diario El Nacional confesó que había matado a los jóvenes con  sus propias manos: “Los maté por defender mi honor, el de mi hogar. Los maté con mis manos, no necesité ayuda.”
En su confesión dijo que a las dos primeras víctimas las había esposado a un árbol y que a Douglas lo ahorcó con sus manos y a Efraín con una cuerda. Las osamentas de los jóvenes fueron halladas sin ropa. Uno de los cadáveres tenía síntomas de haber sido quemado, lo que Ledezma atribuyó a un incendio forestal, pero nadie le creyó.
A la tercera y última víctima, a Martín, lo ahorcó también con una cuerda, lo desvistió y lo lanzó a una quebrada.
Pena máxima
Una vez confeso el Monstruo de Mamera fue sentenciado a la pena máxima de prisión: 30 años de cárcel y fue enviado a la Penitenciaria General de Venezuela en San Juan de los Morros, donde 17 años después fue entrevistado por el periodista del diario El Universal, Víctor Escalona.
Ledezma estaba convertido en un preso modelo: concluyó el bachillerato, estudiaba Administración en la Universidad Nacional Abierta, llevaba las cuentas de la cantina del penal, daba clases en el Ince y por si fuera poco participaba como actor en representaciones teatrales.
Se catalogaba a sí mismo como un líder positivo: “Me inspiro mucho en Ghandi y Nelson Mandela. El hombre puede ser líder como Cristo, como Bolívar, en Venezuela, y el mismo Piar, aun fusilado.”
Ledezma le confesó al periodista su arrepentimiento por haber hecho sufrir a su esposa Rosa Elena Pinto. “Estos años de cárcel se los debo a los celos. Ahora me tengo que preparar para no ser tan celoso. En esa época tuve una lista de siete muchachos a los que pensaba matar. 
Era una banda de San Pablito y el séptimo de la lista era el famoso capitán Avendaño, aunque en esa época en el barrio le decían Juancito. Pero ahora no pienso igual, creo que la violencia no es la solución.” 
Para concluir la entrevista con Escalona el Monstruo de Mamera le dijo: “Tengo que mejorar porque me gusta una señora y creo que podemos relacionarnos. A lo mejor me compro una casita aquí en San Juan y cuando salga me pongo a vivir con ella, aunque creo que primero me tengo que graduar aquí en la PGV. 
No quiero desvincularme de la cárcel porque voy a seguir trabajando por ella y por mis compañeros”. El 15 de febrero del año 2000, luego de cumplir 21 años de los 30 de su condena, fue dejado en libertad por buena conducta.
Lo último que se supo de él fue que para el año 2004 trabajaba en la sede de Cervecería Regional de San Juan de los Morros.
Siempre prometió que escribiría un libro con su versión de los hechos, que se sepa nunca lo hizo.

Tomado del Diario Primicia de Puerto Ordaz Estado Bolivar