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lunes, 10 de mayo de 2010

Generacion Y: La ruta de la humedad

La ruta de la humedad

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En la esquina hay un hidrante que por las noches se convierte en el suministrador de agua de cientos de familias a la redonda. Hasta él llegan los carretilleros con sus tanques de 55 galones sobre viejas cajas de bolas que chirrían al pasar. Esperan a que el delgado chorro llene sus depósitos y retornan a casa, ayudados por los hijos que también empujan el carromato con el preciado líquido. Cada dos días, estos habitantes de Centro Habana hacen la ruta de la humedad, cansados de esperar que las tuberías de sus baños y de sus cocinas les brinden algo más que ruidos y cucarachas. Viven lo mismo en solares desvencijados que en mansiones con cenefas en las paredes y molduras en los techos. No importa el estado de la vivienda ni si es época de lluvias o de sequía, el problema subyace en el suelo, en esas redes hidráulicas que tienen la edad y el deterioro de sus abuelos.

Muchos de los vecinos que rentan habitaciones a extranjeros han instalado un motor conocido como “ladrón de agua”. En la noche lo encienden y éste hala hacia sus cisternas el suministro que debería llegar a las casas aledañas; sólo así garantizan que los turistas hospedados puedan darse una ducha. Si se anuncia alguna rotura en el acueducto, entonces le pagan a alguien para que les acarree varios cubos desde la calzada más cercana o compran el contenido de un camión cisterna por el equivalente a un salario mensual. El acceso al agua potable es –desde hace muchos años en numerosos barrios habaneros– una cuestión de poder adquisitivo. Quienes tienen más pueden abrir el grifo y dejarlo correr mientras se lavan las manos, quienes tienen menos se enjuagan la boca con el contenido de un jarrito.

Aún recuerdo la molestia de mi abuela cuando yo le decía que no aguantaba más, que tenía que pasar al servicio aunque no hubiera cómo descargarlo. Después teníamos que izar el cubo con una soga desde el piso de abajo, auxiliados por una roldana puesta desde años antes en el balcón. Ese ritual del sube y baja ha seguido repitiéndose hasta convertirse en una práctica habitual que involucra a miles de familias. En el apretado programa cotidiano, se reserva un tiempo para buscar el agua, cargarla y envasarla, a sabiendas de que no se puede confiar en que surja de los grifos.

Las ruedas crujen diferente cuando los tanques van llenos o vacíos. Por cualquier calle de mi ciudad –ahora mismo– un par de brazos halan una carretilla que vuelve cargada a casa. La loza sucia, el arroz por cocinar y la ropa en el lavadero, aguardan por ella.

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El IPhone de Rosa Díez

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Hace unos días, Internet volvió a darme un par de agradables sorpresas. Estaba yo en medio de un trámite para intentar viajar fuera de Cuba cuando mi móvil sonó y una voz con acento madrileño me pidió que organizáramos una cita. No supe quién era aquel hombre, porque el ruido de un camión me impidió escuchar el momento en que se identificaba. Pero le confirmé que a las 4 y 30 un café lo esperaría a él y a los amigos que lo acompañaban en el piso 14 de esta mole de concreto. Media hora después, recibí un SMS de un comentarista de Generación Y, diciéndome que ya era pública en los foros digitales la noticia de la visita de Rosa Díez a mi casa. Sólo así pude completar el rompecabezas que me había dejado aquella llamada ininteligible y le apunté con humor a Reinaldo: “Nuestra vida real tiene algunas horas de retraso con respecto a nuestra existencia virtual”.

Finalmente, el vaticinio aparecido en la red se cumplió y la portavoz del partido político español Unión Progreso y Democracia tocó a mi puerta. Hablamos como viejas conocidas, como gente que ha desandado un camino y se encuentra en un recodo a relatarse las piedras, los huecos, las puestas de sol. Intercambiamos energía, pues créanme que de esa mujer delgada y pequeña emana un entusiasmo que yo sólo había visto en personas muy jóvenes. El tema principal fue Cuba, esta Isla donde hay espacio físico para todos, pero a la que quieren convertir en terreno exclusivo de quienes abrazan una ideología. Le conté de mis aprensiones, pero también hubo tiempo para detallarle las esperanzas y enumerarle los pronósticos positivos. Ella, por su parte, nos escuchaba sin hacer proselitismo.

Antes de marcharse, Rosa tomó su IPhone y en el navegador escribió la URL de la página del UPD. Apareció en la brillante pantalla el moderno sitio salpicado en magenta, que se actualiza casi a diario. Entre las paredes de esta casa, que han oído a decenas de cubanos hablar de Internet como de un lugar mítico y difícil de alcanzar, aquel pequeño artilugio tecnológico nos regaló un pedazo de ciberespacio. A nosotros, que durante toda la Academia Blogger trabajamos sobre un servidor local que simulaba la Web, nos fue posible -de pronto- sentir los kilobytes correr por la palma de la mano. Tuve el tirante deseo de salir corriendo con el móvil de Rosa Díez, de parapetarme en mi cuarto mientras navegaba por todos esos sitios bloqueados en las redes nacionales. Por un segundo, deseé quedármelo para entrar a mi propio blog que aún sigue censurado en los hoteles y en los cibercafés. Se lo devolví desconsolada, lo confieso.

Durante un rato de aquel lunes, esa banderita que en la puerta de mi apartamento pide “Internet para todos” no me pareció tan quimérica. Una incansable arañita tejedora llamada Rosa nos había mostrado una finísima hebra de la gran telaraña mundial.

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